Campos Sonoros: De la naturaleza a la música





Christopher Luna-Mega es un compositor méxico-estadunidense radicado desde hace cinco años en la ciudad de Charlottesville. Es académico de la Universidad Virginia y candidato al doctorado en Composición y Tecnología Digitales como investigador de la Fundación Jefferson.

Su trabajo analiza sonidos y datos de diferentes entornos, tanto naturales como urbanos, y los traduce en notación musical para instrumentistas y electrónica en diversas formas y medios. Su interés está en las frecuencias, en los ritmos, en las armonías, en las vibraciones, en las estridencias que le brinda la fuente sonora. Esos datos son clasificados, según su origen, como antropofonías, biofonías y geofonías, y son registrados por medio de la experiencia sensorial que conlleva el trabajo de campo. Geisers, focas barbudas, ríos, mares y sonidos antropogénicos, entre otras fuentes sonoras, están dentro de su catálogo de procesamiento. Su más reciente álbum, Aural Shores (2020), presenta una selección de un amplio catálogo que Luna-Mega ha generado en los últimos diez años alrededor de música derivada del medio ambiente.




El flujo de instrumentación-registro-recolección de datos ubica al creador de la experiencia estética como un observador frente al fenómeno. El método científico como semilla de la obra. La relación que guarda la física, particularmente la del sonido, con la percepción del observador en continua adaptación con el entorno es un modelo inherente en este proceso de composición musical.


Desde el punto de vista de la comunicación, Luna-Mega tiene un especial interés en el hacer al sonido ambiental encarnar en el músico intérprete y en el público. La finalidad de este proceso cognitivo es un acercamiento profundo, respetuoso y sostenible a la naturaleza. En la pieza Under the Sea Ice, presentada en el 2019 en el Coastal Futures Festival, que aglutinó a científicos de varias partes del mundo, Luna-Mega presenta distintos cantos de las focas barbudas como material temático para un cuarteto de cuerdas con electrónica. En el contexto del calentamiento global y el derretimiento del hielo marino, la pieza funciona como un complemento artístico para la divulgación de la investigación científica.


Under the Sea Ice (fragmento de la partitura)



Grabación en estudio de Under the Sea Ice, interpretada por el JACK Quartet



Cuando la fuente sonora es antropofónica, la intención es la reflexión sobre las implicaciones del sonido que generamos como humanos. En la pieza Vortex, para quinteto de percusiones, el modelo sonoro es una grabación que Luna-Mega hizo de dos helicópteros, uno despegando y otro aterrizando en un aeropuerto situado en la cima de un cerro en el pueblo de Sedona, en Arizona. El comentario radica en la contaminación auditiva que en la actualidad es inevitable en la mayoría de los lugares accesibles por el hombre, incluyendo los cerros de Sedona, que hace apenas algunos siglos fueron sitios sagrados para los indios Hopi y Navajo de la región.


Vortex (fragmento de las transcripciones del sonido de dos helicópteros y arreglo para quinteto de percusiones)



El fenómeno de la subjetividad y relatividad de la percepción es otro aspecto fundamental en la estética de Luna-Mega. Esto lo refiere el compositor en un análisis sobre Quadraturen IV, una pieza en seis movimientos para cuerdas y vientos de Peter Ablinger, donde el compositor austriaco partió de diversas grabaciones de campo del sonido urbano de Berlín para generar una partitura de 17 minutos:


“La música se convierte en un observador de la realidad. En comparación con "realidad", "música" se define en términos de un escáner (con ritmo horizontal y tono vertical). Para ser precisos, en términos de un escáner que actúa muy por detrás de la complejidad de la realidad. Pero al mismo tiempo, tal escaneo refleja la verdad del proceso de observación además de ser un fenómeno estético en sí mismo ”. –Ablinger

Luna-Mega agrega sobre la composición de Ablinger:

“…(Ablinger) explora diferentes conexiones de la pieza como una traducción de "realidad" a través de la notación musical, la orquestación y la interpretación con teorías de percepción desarrolladas por el biólogo Humberto Maturana, el cibernético Gregory Bateson y el crítico de arte Jonathan Crary. Este modelo es ejemplo de un enfoque diferente de la composición que incorpora modos simultáneos de percepción e instrumentaciones de las grabaciones del entorno.”


La traducción de los datos es una manera de revelar la realidad científica desde una perspectiva sensorial artística. Y en ese sentido, los resultados toman gran relevancia una vez llevado al plano de lo estético. Un ejemplo es la pieza ForestCover, un proyecto que combina la ciencia enfocada en el cambio climático con la composición musical. Realizado por Luna-Mega en colaboración con Stephanie Roe, una científica ambiental enfocada en la reforestación y aforestación como estrategias para mitigar el cambio climático, ForestCover es una sonificación de predicciones ambientales basadas en dos escenarios futuros: 1. La continuación de las mismas políticas ambientales; 2. La implementación de políticas que favorezcan la reforestación y la aforestación como estrategias para revertir el cambio climático.


Este proyecto multidisciplinario tuvo como propósito comprobar, a través de un modelo del sistema terrestre, el impacto en los procesos climáticos de la expansión de la cubierta forestal y conectar la ciencias ambientales con la música para ampliar las posibilidades de compromiso cultural con el cambio climático y la sostenibilidad en contextos como el actual, donde la humanidad enfrenta un momento decisivo en la toma de conciencia sobre la responsabilidad de comprender la naturaleza de los ecosistemas, donde la explotación de recursos naturales, la sobrepoblación, el crecimiento de las manchas urbanas así como la demanda de alimentos en las ciudades, desgasta aceleradamente su ciclicidad, llevándolos a un desequilibrio ecológico sin precedentes. Así, la música, o la realidad musical que proyectan los datos del primer movimiento de ForestCover no son alentadores. Sin embargo nos invitan a pensar en el planeta como un sistema vivo.


En la década de los 60, James Lovelock, un químico atmosférico, fue invitado por la NASA a su Laboratorio de Propulsión a Chorro, de Pasadena, en California, para participar en el diseño de instrumentos para la detección de vida en Marte como parte de la misión Viking. Estudiando la atmósfera del planeta rojo, Lovelock se dio cuenta que en un planeta sin vida, todas las reacciones químicas posibles estaban en completo equilibrio, mientras que en la tierra, podían coexistir en altas proporciones gases como el oxígeno y el metano, lejos del equilibrio químico que caracteriza a la atmósfera marciana. Se dio cuenta que este estado era consecuencia de la presencia de la vida en la tierra. Plantas y organismos constantemente producen oxígeno y gases que son continuamente reaprovisionados. Este sistema autoregulatorio de la Tierra fue concebido como la Teoría de la Gaia, cuando la microbióloga Lynn Margulis, le mostró a Lovelock la importancia de la red bacteriana en los procesos de autoregulación. A lo largo de la historia evolutiva de la Tierra, más del 99% de las especies se han exitinguido, pero a diferencia de la superficie y atmósfera marciana. la red bacteriana ha seguido regulando los procesos químicos de la atmósfera terrestre. Hoy a casi cinco décadas de esta teoría revolucionaria, la humanidad coexiste con una gran cantidad de agentes patógenos pertenecientes a los sistemas autoreguladores del planeta. Sin embargo ninguna había puesto en peligro la naturaleza autopoiésica del sistema Gaia como la misma especie humana.


El propósito de esta música es enriquecer nuestro entendimiento de la naturaleza y nuestra relación con ella. La música es capaz de generar una experiencia de conocimiento sensible no sólo de patrones cuantificables naturales, sino también del impacto que la huella humana ha tenido sobre la Tierra


El siguiente video se trabajó vía remota con Luna-Mega durante los meses de junio-octubre de 2020. Es el registro de la grabación de un riachuelo. Es la búsqueda del momento contemplativo en el que el observador escucha la naturaleza.